Alejandro Alcázar de Velasco

Homo cube -versión 2-” Escultura. Ensamblaje de madera, lámparas y sonido digital.

 

La obra de Alejandro Alcázar de Velasco se presenta al espectador en forma de dos enormes cubos. Nos encontramos con estas cajas de tamaño desmesurado, parecidas a las que transportan mercancías o las propias obras de arte. ¿Olvido del montador o guiño del artista? ¿Tal vez la obra está dentro de la caja o ésta es la obra? Estas instalaciones nos invitan a convertirnos en usuarios y protagonistas, el espacio nos absorbe y descubrimos su significado intrínseco.

Una vez dentro, entendemos que la naturaleza de la caja es distinta a la concebida desde el exterior. Se descubre la sugerencia de una vivienda: unas aperturas representan una puerta y una ventana. Nos encontramos con el esbozo de una casa poco cómoda: un techo extrañamente situado cerca de nuestra cabeza, una lámpara literalmente a la altura de los ojos y la escucha de un zumbido molesto. 

Habitar una casa es inscribir nuestra historia en las fisuras de las paredes.  Nuestras propias vidas son indisociables de los lugares en los que vivimos. La obra de Alcázar de Velasco nos remite a este vinculo afectivo, casi carnal, que une un hombre a su casa: vivir un lugar es apropiárselo, marcarlo con su huella, hacer cuerpo con él hasta considerarlo como un apéndice, una prolongación del yo.

Habitar implica poner nuestro cuerpo en seguridad. Refleja cierta presencia al mundo. Existe una relación ontológica entre el hombre y el espacio que ocupa.  Bachelard nos dice en Poética del espacio: “la casa es uno los mayores poderes de integración para los pensamientos, los recuerdos y los sueños del hombre. La casa en la vida del hombre suplanta contingencias, multiplica sus consejos de continuidad. Sin ella el hombre sería un ser disperso. Lo sostiene a través de las tormentas del cielo y de las tormentas de la vida. Es cuerpo y alma. Es el primer mundo del ser humano. Antes de ser “lanzado al mundo” como dicen los metafísicos rápidos, el hombre es depositado en la cuna de la casa. Y siempre, en nuestras sueños, la casa es una gran cuna.[1]

Para el filósofo, el hombre que tiene un hogar se atreve a salir. Es la base de su ser, no tiene miedo al mundo, no lo considera extraño, terrorífico, sino familiar y acogedor. Según Bachelard, la casa es el centro, el interior del mundo en el que vive, descansa y sueña. La casa alberga al soñador.

Poner en cuestión el entorno de los ciudadanos revelando lo que no se manifiesta, lo que eludimos o no queremos ver. Percibir de otra manera su realidad, despertarse a la ciudad en un frenesí de destrucción, de construcción. La obra de Alcázar de Velasco refleja la dispersión del hombre que perdió su hogar, la incomodidad de no tener su mundo dentro del mundo, un espacio para vivir, crecer, amar, envejecer. Denuncia las políticas urbanísticas y economías inmobiliarias  de nuestras ciudades contemporáneas.

¿Qué es habitar? Después de entrar (¡y salir!) de “Homo cube -versión 2-” resulta que no sólo es sinónimo de residir entre cuatro muros.  El hábitat no se limita a su sentido natural de sobrevivir, o a un sentido más técnico de hacer habitable la ciudad por obras duraderas, útiles o bellas. Cualquier ciudad donde se construyen viviendas no implica necesariamente la noción de lo “habitable”, acogedor o respirable.  Alcázar de Velasco, con ese espacio carcelario de sonido hostil, en la propia frontera de la tortura, obliga el visitante a salir, a abandonar la obra.  “Homo cube -versión 2-” nos invita al desbordamiento.


 


[1] GASTON BACHELARD, La poética del espacio, Fondo de Cultura Económica, México, 1986, p. 37.

 

 

Contacto:

alejandroalcazar@arteydesarrollo.com

 

 

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